Fundador

Fundador

Nombre: Marcelino José Benito Champagnat.

Natural de Rosey, aldea de Marlhes, (Loira, Francia).

Fecha de nacimiento: 20 de mayo de 1789
 

La Familia

Una de tantas familias campesinas. Son diez hermanos. Su padre es un campesino trabajador y mañoso para los oficios prácticos necesarios en la granja y el campo. Tiene la confianza de sus contemporáneos y ostenta de forma realista y honrada los más altos cargos del municipio en momentos políticos muy difíciles. Su madre se ocupa de las labores de la casa y de una tienda de telas y bordados. También vive con ellos una tía religiosa expulsada del convento por la Revolución. Marcelino crece sano y ayuda en las faenas de la granja y del campo.

Formación

Cuando tiene 15 años ingresa en el seminario menor. Llega con un importante retraso en estudios, pero con constancia inquebrantable va superando las dificultades. Está convencido de una cosa: “Dios quiere que sea sacerdote”, y está convicción le da fuerza para superarse.

En el seminario mayor de Lyon, con algunos de sus compañeros, sueña y hace planes para el futuro. El grupo intuye un renacer de la Iglesia después de la Revolución. A los pies de la Virgen, en el santurario de Fourvière (Lyon) se comprometen a fundar una sociedad: "La Sociedad de María". De la inquietud de este grupo de seminaristas nacerán los Padres Maristas, los Hermanos Maristas y las Hermanas Maristas.

Cura de pueblo

A los 27 años es ordenado sacerdote y enviado a la parroquia de La Valla, aldea de unas 1.500 personas cercana a su pueblo natal.La población está muy dispersa, diseminada en caseríos, en una zona de altas montañas y valles profundos. Es joven y vive con entusiasmo su misión: "Con gusto veré que lleguéis a mi casa a la hora que sea para ir a cualquier lugar". Sabemos que cuando lo llamaban para ir a atender a algún enfermo, dejaba cuanto tenía entre manos para ir a socorrerlo; no había pretextos ni obstáculos de hora o distancia, de lluvia, nieve o sol abrasador.

Le duele la ignorancia de la gente, especialmente le duele que nadie les haya hablado de Dios y desconozcan la doctrina cristiana más elemental.

Lleva tiempo dándole vueltas en la cabeza a la forma de solucionar esta ignorancia. Cada vez percibe la respuesta con más claridad: "necesitamos Hermanos”, catequistas y maestros para aquellas gentes de las que casi nadie se preocupa.

Insiste tanto en esta idea a su grupo de amigos de la Sociedad de María que, aunque no comprenden su insistencia le dejan vía libre para llevar adelante "su proyecto".

La experiencia que cambió todo

El momento definitivo llega cuando en una de sus salidas a los caseríos para atender a un enfermo, éste resulta ser un joven, Juan Bautista Montagne, que está muy grave y no sabe nada de Dios. El P. Marcelino intenta enseñarle lo indispensable; le confiesa y le prepara para morir. El joven fallece al poco tiempo. Marcelino interpreta este acontecimiento como una llamada de Dios: hay que dar solución inmediata al problema de la ignorancia cultural y religiosa de tantos niños y jóvenes de aquellas aldeas; es preciso poner en marcha el proyecto cuanto antes.

Nacen los Hermanos Maristas

Lleno de confianza en Dios y en María, reúne a dos jóvenes en una humilde casa de La Valla para que vivan en comunidad. Es el 2 de enero de 1817, A partir de este momento toda su vida girará alrededor de la fundación y establecimiento definitivo de los hermanos. Durante varios años reparte su tarea diaria entre sus feligreses y los hermanos, a quienes tiene que formar y preparar para ser catequistas y maestros, y para vivir consagrados a Dios en comunidad. Consigue permiso para dejar la casa parroquial e irse a vivir con ellos, compartiendo techo, comida, trabajo, oración y pobreza.

L´Hermitage, la casa madre

Pasan los meses y van llegando candidatos. La casa se queda pequeña. Hay que ampliar... Aunque no tiene dinero, no se asusta. Confía plenamente en Dios y en María, a quien habitualmente llama: la Buena Madre. Está convencido de que aquella obra es voluntad de Dios y ante esta convicción no cuentan las dificultades. Los mismos hermanos, dirigidos por él, Él trabajarán de albañiles. Esto le acarreará muchas críticas. En un valle próximo a La Valla se construye una casa más amplia: Nuestra Señora de L´Hermitage.

Se multiplican las escuelas

Pasado un tiempo, los Hermanos empiezan a poner en práctica las enseñanzas de Marcelino en la escuela de La Valla y en las aldeas próximas. Su buen hacer como maestros y catequistas llama pronto la atención de los párrocos y alcaldes de los pueblos vecinos. Las escuelas cada vez están más lejos, y ya no pueden ir y venir todos los días a su casa de La Valla, y comienzan las primeras comunidades.

Marcelino ve su obra crecer bendecida por Dios y protegida por la Buena Madre. Muchos sacerdotes le critican y otros le animan y ayudan. El Sr. Obispo le permite dedicarse sólo a los hermanos y le autoriza para darles hábito y emitir votos.

La gran prueba

En medio de tanta obra, deudas y nuevas críticas... el P. Marcelino no olvida lo más importante: la dirección y formación de los Hermanos. Prepara cuidadosamente las charlas formativas, visita frecuentemente las escuelas, se mantiene en contacto epistolar con todos los directores, está siempre pendiente de cualquier hermano que requiera atención... Su profunda espiritualidad le permite armonizar su fortaleza de carácter y su sencillez de corazón, que junto con el trabajo codo con codo y su cercanía y amor a los Hermanos hace que se respire un aire de familia que será pronto una nota de identidad de los Hermanos Maristas.

El número de hermanos crece -trabajan ya en 15 escuelas- pero también hay períodos de crisis y en los que surge la duda sobre el destino de aquella obra. Hay una dificultad importante: no llega el reconocimiento oficial de la obra. Los numerosos viajes a Lyon y a París y su vida austera y laboriosa van minando su delicada salud. En un momento determinado está próximo a la muerte y los hermanos se encuentran confundidos y desanimados. Se recupera y la primavera renace en el Hermitage.

En 1830 estalla la revolución en París. La aprobación oficial se retrasa. Hay miedo, acusaciones... El P. Marcelino no pierde ni un instante su confianza en Dios y en la protección de María, bajo cuyo amparo ha puesto cada uno de sus desvelos por los Hermanos desde el primer día.

La obra marista crece

En 1836 la Santa Sede aprueba la rama de los Padres Maristas y le confía la evangelización del Pacífico Sur. En septiembre se reúnen los miembros de la Sociedad de María, eligen como Superior General al P. Colín, y emiten los votos religiosos. En Navidad de este mismo año salen para Nueva Zelanda los primeros misioneros maristas: 5 Sacerdotes y 3 Hermanos.

El número de escuelas se ha multiplicado y la demanda de maestros crece. No pueden atender todas las peticiones de los pueblos cercanos.

Su lámpara se apaga

Marcelino cada día se siente más agotado y su salud está muy débil. A finales de 1839 los hermanos eligen como sucesor al H. Francisco Rivat, uno de sus primeros discípulos. El P. Marcelino apenas puede hacer vida de comunidad. A mediados de mayo de 1840 redacta su testamento espiritual, y en la madrugada del 6 de junio, mientras los hermanos rezan la Salve, el Señor y la Buena Madre se lo llevan consigo. A la muerte del P. Marcelino había 280 hermanos, 48 escuelas y unos 7.000 alumnos.

San Marcelino Champagnat

La Santa Sede aprobó la Congregación en 1863. En diciembre de 1886 vinieron a España los primeros hermanos maristas. Hoy estamos repartidos por los cinco continentes en 77 países. En 1922 el P. Marcelino fue proclamado Venerable y en 1955 Beato. El 18 de abril de 1999 fue declarado Santo.